dijous, de gener 12, 2006

No hay que leer las palabras, hay que ver lo que hay detrás de ellas (hay que echarle imaginación)

Hace mucho tiempo que no escribo aquí, quizás no encontraba las palabras para describir lo que siento, o quizás, solo quizás, no entendía el porqué mis sentimientos se volvían a apoderar de mi cuerpo.

Una vez oí que no hay nada más grande en este mundo que amar, y ser correspondido. Puede que la frase lleve toda la razón del mundo y puede que sea la mentira más grande jamás contada. Puede que yo ahora mismo me sienta como una nueva estrella, que cada día crece y brilla más, y puede que sea como una estrella apunto de morir, desvaneciéndome en la nada y mi luz cada día más tenue, hasta que un día desaparezca. Pero ya no me preocupo por esas cosas. Seré brillante y cegadora o seré sombría y apagada. Me da totalmente lo mismo.

Corro por un camino de flores, flores preciosas vistas desde mi altura, flores punzantes y venenosas que esconden a tipejos con cara de jokers, vistas desde la altura de una hormiga. Pero a mi esos hombrecillos, ese veneno y esas púas no me asustan, porque yo estoy mucho más arriba que todo eso. Esa realidad a mi no me afecta, ya no. He crecido hasta el punto de mirar por encima del hombro a las nubes. Las montañas se reverencian a mi paso porque soy dueña del mundo, dueña de mi propio mundo. Y yo sigo corriendo, corro hacia ningún lugar, con la finalidad de nada en particular, con la esperanza que me dan sus ojos, y con las fuerzas que me da sentirlo cerca.

Llego a un estanque. Los patos revolotean en circulo, buscando algo que no encuentran, o simplemente no existe. Miro más allá del estanque, donde el agua se acaba y los patos mueren. Hay una luz que brilla, que deslumbra al mismísimo sol. Quiero averiguar qué es y comienzo a caminar, rodeando la expansión de agua que tengo en frente de mí. Me fijo en el suelo. Hay un caminito de ladrillos amarillos, como en El Mago de Oz. Me siento Doroci, quizás conozca por el camino a un hombre de hojalata, o a un hombre espantapájaros, o quizás golpeando mis zapatos rojos llegue antes a eso que me ha llamado tanto la atención. Sigo caminando. Cada vez me acerco más y cada vez los ojos me duelen más por culpa de la luz que desprende el objeto que queda tendido en el suelo. Estoy a punto de llegar, pero casi no puedo ver nada. Por fin llego, me agacho, lo observo, me doy cuenta de lo que es, sonrió, lloro de alegría, por fin es mío, la luz que antes me cegaba ahora penetra en mi y al mismo tiempo me hace suya, me siento mejor que nunca, me siento completa, me siento completamente feliz, tengo un orgasmo de placer al saber que por fin tengo algo tan sagrado como es lo que ahora mismo tengo entre mis manos, siento el éxtasis de saber lo que es disfrutar de la vida, doy un grito de desahogo, creo que lo han oído en Hong Kong, un escalofrío me recorre el cuerpo. Cojo lo que tengo entre las manos y siento su olor. Ese perfume recorre todo mi cuerpo, pero parece que no sea su olor lo que lo recorra, sino su lengua. Ahora el grito de placer es mayor y el eco resuena en mis oídos.

Algo se mueve entre las plantas. Me quedo callada a la espera de que aquello que se esconde se de a conocer. Ahora sí que sonrío. Veo sus ojos en lo alto que entran en mi y que me hacen vulnerable, veo sus manos que rápido buscan mi cintura y que poco a poco van colocándose muy al sur de mis caderas, veo su cuello que parece que pida a gritos un poco de protagonismo, veo sus labios que sin moverse me susurran un te quiero, veo su nariz, que hace ese movimiento tan particular y simpático que solo él sabe hacer, y que a mi siempre me hace reír, incluso cuando el alma me llora. Pero algo le falta, y yo me doy cuenta de lo que es, le falta lo que yo tengo en las manos, algo que no se puede describir lo que es realmente con palabras, pero que la humanidad se ha inventado una para poder hacerla real, tengo su alma. Se la quiero devolver, pero él con un simple gesto lo rechaza, quiere que me la quede yo. En ese momento, cae al suelo algo mío, pero no sé lo que es. El sí lo sabe, lo recoge. En el momento en el que él roza el objeto que ha caído, por el cuerpo siento cientos de sensaciones, de sentimientos, parecen como si tuviera a miles de mariposas volando en mi corazón, pero ya no tengo corazón, lo tiene él en sus manos. Las lágrimas comienzan a brotar de mis ojos y la sonrisa más bonitas de todas las sonrisas, asoma por mis labios. Le abrazo con todas mis fuerzas, pero en ningún momento dejo caer su alma, y él no suelta mi corazón. Al sepáranos miro hacia el estanque. Ya no hay patos. Ahora justo en el medio se ve el reflejo de la luna, rodeada de estrellas, pero es de día. Los dos nos acercamos a la orilla y juntos dejamos lo que tenemos en el agua. Los dos flotan hasta llegar justo al medio, justo en el centro de la luna. De repente se hunden. Los dos esperamos. De repente una explosión nos derriba y caemos al suelo. Yo cierro los ojos con temor de que el agua expulsada por causa de esa explosión, me caiga encima de golpe y me haga daño. Él lo sabe y por eso me protege con su cuerpo. Esperamos a que el agua llegue, con los ojos cerrados. Esperamos. El agua no llega. Decidimos abrir los ojos.

Lo que empieza a caer del cielo no son gotas de agua, sino pétalos de rosa, pétalos negros y blancos. Nos fijamos y de repente se ha hecho de noche. La luna, antes dormida en el estanque, ahora ilumina la tierra desde lo alto. Él, aliviado se sienta en la orilla. Yo no puedo dejar de mirar el cielo estrellado. Hay algo que me llama la atención. Lo observo. Hay algo que me tiene hipnotizada. Ya lo entiendo. Hay dos estrellas que brillan con más fuerza que ninguna, dos estrellas que están juntas. Bajo la mirada y le observo. La luna le ilumina. No, mejor dicho, el ilumina a la luna. Me mira y me sonríe. Yo no puedo dejar de mirarle y con la mirada le devuelvo el te quiero. Tiene algo especial. Es único.

Y es mío.