2 horas, toda una vida
El mundo giraba, el tiempo pasaba, la gente seguía con su vida, la vida seguía adelante, pero para nosotros todo eso ya no existía. El mundo, nuestro mundo se detuvo, el tiempo se quedó inmóvil, no existía nadie más en la tierra, solo importábamos nosotros, y el momento.
No sé por dónde empezar, ni como comenzar a explicarlo, y tampoco quiero dar detalles, ya que esos quedarán para siempre dentro de nosotros, solo quiero intentar transmitir lo que yo sentí, lo que me hizo sentir.
No hace falta que explique como empezó todo, cada uno que le eche imaginación, ni tampoco hace falta que explicar qué fue lo que nos hicimos mutuamente, ya que eso es algo demasiado personal. Solo quiero decir que aún derramo esas lágrimas que derramé en su cama. No son lágrimas de dolor, ni de pena, son lágrimas de dulzura, de felicidad, como en ese momento tenía todo lo que quería, tenía que hacer hueco dentro de mí.
Aún siento sus labios, aún siento sus manos, aún siento su aliento, su respiración acelerada, su corazón latiendo. Aún tengo el sabor de su piel en mi boca, aún noto su mirada clavada en mi cuerpo, recuerdo sus palabras una a una, aún puedo oír sus gemido en mi oído, aún puedo notar la presión de su cuerpo contra el mío, aún le siento dentro de mí. Tengo el olor de sus sábanas grabado en la memoria, todo lo recordaré intacto para siempre. Él siempre será ese que me dio las alas para poder volar en libertad. Esas dos horas pasarán al recuerdo de dos mentes, dos personas totalmente distintas, pero que por un momento, fueron solo una.
dissabte, de gener 21, 2006
divendres, de gener 13, 2006
El parque de la calle Norte
Voy caminando por la calle. Hace frío, mucho frío. El viento reseca mis pupilas y en mis ojos empieza una batalla por resolber el problema. Los ojos se me encharcan. Las lágrimas se amontonan, pero no permito que se derramen. No estoy llorando, tengo frío. No me siento las manos. Las froto una contra la otra intentando que la sangre fluya con más fuerza y el calor se apodere de ellas. Es un lucha estupida. Me cruzo con un hombre. Se me queda mirando. Creo que lo conozco, no sé si saludarle. Demasiado tarde, él ya está a un abismo de mí.
Me meto por un callejón oscuro. Voy sola, pero no siento miedo. Sigo todo recto. No tengo ningún destino, solo he salido para que el aire me acariciara la cara, y poder pensar en ningún tema en concreto, y a la vez, en todos los del mundo. Se me ocurre sentarme en un parque. Ya he estado allí antes. Muchas veces antes. Ese parque guarda muchos secretos. Muchas alegrías, muchas conversaciones, muchas lágrimas, muchos sentimientos, y la prueba está en el rastro de colillas. Me siento en el banco de siempre. Encojo las piernas para ver si así entro en calor. Cuando los dos estamos a solas en ese parque lo último que siento es frío, pero ahora estoy sola. La soledad..., es un sentimento muy extraño. Algunas veces hace que te hundas en lo más profundo de un pozo sin fondo, donde no puedes levantarte y donde, por mucho que grites, sabes que nadie te va a responder. Pero otras, es algo demasiado necesario. Ahora me apetece estar sola. Me enciendo un cigarrillo. Noto como el sabor a tabaco se apodera de mi garganta. Miro por todo el parque. Recorro con mis ojos cada uno de sus rincones. Cada uno tiene una historia. Pero el que más historias recoge es el columpio. Ese columpio guarda demasiados recuerdos...Aún recuerdo ese día...Pero ya son solo eso, recuerdos. Y esos recuerdos los guardaré para siempre. Ahora ese columpio guarda otra historia, y seguramente otras que me son totalmente desconocidas. Miro lo que hay en el suelo. Aún recuerdo los momentos vividos, la pequeña hoguera que formamos con un diario, aquel palo de escoba, los juego del “macarra”, las lágrimas que he visto caer, la silla que dejó de ser silla, las risas, este parque forma parte de mi vida. Y ahora estoy en él, reviviendo cada uno de los momentos vividos. No es la priemera vez que estoy aquí sola. Ya vine una vez, pero fue por otros motivos..., que no me apetece recordar. Prefiero recordar los más recientes. ¡Cuantos te quiero guarda este parque! ¡Cuantos abrazos! ¡Cuantas confesiones! Ya me he olvidado del frío, pero pequeñas gotas se marcan en mi chaqueta. Pienso en irme, pero estoy demasiado agusto. Se me ha consumido el cigarro. Lo apago. Otra colilla que quedará en el recuerdo. Miro el tren que pasa justo al lado de el parque. El ruido es ensordecedor. Miro al frente y me doy cuenta de que hay un gato. Sus ojos se claban en los míos. Por un segundo siento que lo que tengo delante no es un gato, sino la vida que guarde este parque. Empiezo a sentir las gotas como punzadas de frío. Decido irme. Antes de irme le doy un último vistazo al parque. Pienso en cuanta gente habrá vivido este parque como lo he hecho yo. Sonrío y me voy. Sé que volveré muy pronto y que los recuerdos seguirán guardandose en él. Y yegará un día en el que no vuelva más, pero en mi memoria siempre guardaré a aquel parque, porque sé que el también me tendrá siempre guardada entre sus muros y sus arbustos.
Voy caminando por la calle. Hace frío, mucho frío. El viento reseca mis pupilas y en mis ojos empieza una batalla por resolber el problema. Los ojos se me encharcan. Las lágrimas se amontonan, pero no permito que se derramen. No estoy llorando, tengo frío. No me siento las manos. Las froto una contra la otra intentando que la sangre fluya con más fuerza y el calor se apodere de ellas. Es un lucha estupida. Me cruzo con un hombre. Se me queda mirando. Creo que lo conozco, no sé si saludarle. Demasiado tarde, él ya está a un abismo de mí.
Me meto por un callejón oscuro. Voy sola, pero no siento miedo. Sigo todo recto. No tengo ningún destino, solo he salido para que el aire me acariciara la cara, y poder pensar en ningún tema en concreto, y a la vez, en todos los del mundo. Se me ocurre sentarme en un parque. Ya he estado allí antes. Muchas veces antes. Ese parque guarda muchos secretos. Muchas alegrías, muchas conversaciones, muchas lágrimas, muchos sentimientos, y la prueba está en el rastro de colillas. Me siento en el banco de siempre. Encojo las piernas para ver si así entro en calor. Cuando los dos estamos a solas en ese parque lo último que siento es frío, pero ahora estoy sola. La soledad..., es un sentimento muy extraño. Algunas veces hace que te hundas en lo más profundo de un pozo sin fondo, donde no puedes levantarte y donde, por mucho que grites, sabes que nadie te va a responder. Pero otras, es algo demasiado necesario. Ahora me apetece estar sola. Me enciendo un cigarrillo. Noto como el sabor a tabaco se apodera de mi garganta. Miro por todo el parque. Recorro con mis ojos cada uno de sus rincones. Cada uno tiene una historia. Pero el que más historias recoge es el columpio. Ese columpio guarda demasiados recuerdos...Aún recuerdo ese día...Pero ya son solo eso, recuerdos. Y esos recuerdos los guardaré para siempre. Ahora ese columpio guarda otra historia, y seguramente otras que me son totalmente desconocidas. Miro lo que hay en el suelo. Aún recuerdo los momentos vividos, la pequeña hoguera que formamos con un diario, aquel palo de escoba, los juego del “macarra”, las lágrimas que he visto caer, la silla que dejó de ser silla, las risas, este parque forma parte de mi vida. Y ahora estoy en él, reviviendo cada uno de los momentos vividos. No es la priemera vez que estoy aquí sola. Ya vine una vez, pero fue por otros motivos..., que no me apetece recordar. Prefiero recordar los más recientes. ¡Cuantos te quiero guarda este parque! ¡Cuantos abrazos! ¡Cuantas confesiones! Ya me he olvidado del frío, pero pequeñas gotas se marcan en mi chaqueta. Pienso en irme, pero estoy demasiado agusto. Se me ha consumido el cigarro. Lo apago. Otra colilla que quedará en el recuerdo. Miro el tren que pasa justo al lado de el parque. El ruido es ensordecedor. Miro al frente y me doy cuenta de que hay un gato. Sus ojos se claban en los míos. Por un segundo siento que lo que tengo delante no es un gato, sino la vida que guarde este parque. Empiezo a sentir las gotas como punzadas de frío. Decido irme. Antes de irme le doy un último vistazo al parque. Pienso en cuanta gente habrá vivido este parque como lo he hecho yo. Sonrío y me voy. Sé que volveré muy pronto y que los recuerdos seguirán guardandose en él. Y yegará un día en el que no vuelva más, pero en mi memoria siempre guardaré a aquel parque, porque sé que el también me tendrá siempre guardada entre sus muros y sus arbustos.
dijous, de gener 12, 2006
No hay que leer las palabras, hay que ver lo que hay detrás de ellas (hay que echarle imaginación)
Hace mucho tiempo que no escribo aquí, quizás no encontraba las palabras para describir lo que siento, o quizás, solo quizás, no entendía el porqué mis sentimientos se volvían a apoderar de mi cuerpo.
Una vez oí que no hay nada más grande en este mundo que amar, y ser correspondido. Puede que la frase lleve toda la razón del mundo y puede que sea la mentira más grande jamás contada. Puede que yo ahora mismo me sienta como una nueva estrella, que cada día crece y brilla más, y puede que sea como una estrella apunto de morir, desvaneciéndome en la nada y mi luz cada día más tenue, hasta que un día desaparezca. Pero ya no me preocupo por esas cosas. Seré brillante y cegadora o seré sombría y apagada. Me da totalmente lo mismo.
Corro por un camino de flores, flores preciosas vistas desde mi altura, flores punzantes y venenosas que esconden a tipejos con cara de jokers, vistas desde la altura de una hormiga. Pero a mi esos hombrecillos, ese veneno y esas púas no me asustan, porque yo estoy mucho más arriba que todo eso. Esa realidad a mi no me afecta, ya no. He crecido hasta el punto de mirar por encima del hombro a las nubes. Las montañas se reverencian a mi paso porque soy dueña del mundo, dueña de mi propio mundo. Y yo sigo corriendo, corro hacia ningún lugar, con la finalidad de nada en particular, con la esperanza que me dan sus ojos, y con las fuerzas que me da sentirlo cerca.
Llego a un estanque. Los patos revolotean en circulo, buscando algo que no encuentran, o simplemente no existe. Miro más allá del estanque, donde el agua se acaba y los patos mueren. Hay una luz que brilla, que deslumbra al mismísimo sol. Quiero averiguar qué es y comienzo a caminar, rodeando la expansión de agua que tengo en frente de mí. Me fijo en el suelo. Hay un caminito de ladrillos amarillos, como en El Mago de Oz. Me siento Doroci, quizás conozca por el camino a un hombre de hojalata, o a un hombre espantapájaros, o quizás golpeando mis zapatos rojos llegue antes a eso que me ha llamado tanto la atención. Sigo caminando. Cada vez me acerco más y cada vez los ojos me duelen más por culpa de la luz que desprende el objeto que queda tendido en el suelo. Estoy a punto de llegar, pero casi no puedo ver nada. Por fin llego, me agacho, lo observo, me doy cuenta de lo que es, sonrió, lloro de alegría, por fin es mío, la luz que antes me cegaba ahora penetra en mi y al mismo tiempo me hace suya, me siento mejor que nunca, me siento completa, me siento completamente feliz, tengo un orgasmo de placer al saber que por fin tengo algo tan sagrado como es lo que ahora mismo tengo entre mis manos, siento el éxtasis de saber lo que es disfrutar de la vida, doy un grito de desahogo, creo que lo han oído en Hong Kong, un escalofrío me recorre el cuerpo. Cojo lo que tengo entre las manos y siento su olor. Ese perfume recorre todo mi cuerpo, pero parece que no sea su olor lo que lo recorra, sino su lengua. Ahora el grito de placer es mayor y el eco resuena en mis oídos.
Algo se mueve entre las plantas. Me quedo callada a la espera de que aquello que se esconde se de a conocer. Ahora sí que sonrío. Veo sus ojos en lo alto que entran en mi y que me hacen vulnerable, veo sus manos que rápido buscan mi cintura y que poco a poco van colocándose muy al sur de mis caderas, veo su cuello que parece que pida a gritos un poco de protagonismo, veo sus labios que sin moverse me susurran un te quiero, veo su nariz, que hace ese movimiento tan particular y simpático que solo él sabe hacer, y que a mi siempre me hace reír, incluso cuando el alma me llora. Pero algo le falta, y yo me doy cuenta de lo que es, le falta lo que yo tengo en las manos, algo que no se puede describir lo que es realmente con palabras, pero que la humanidad se ha inventado una para poder hacerla real, tengo su alma. Se la quiero devolver, pero él con un simple gesto lo rechaza, quiere que me la quede yo. En ese momento, cae al suelo algo mío, pero no sé lo que es. El sí lo sabe, lo recoge. En el momento en el que él roza el objeto que ha caído, por el cuerpo siento cientos de sensaciones, de sentimientos, parecen como si tuviera a miles de mariposas volando en mi corazón, pero ya no tengo corazón, lo tiene él en sus manos. Las lágrimas comienzan a brotar de mis ojos y la sonrisa más bonitas de todas las sonrisas, asoma por mis labios. Le abrazo con todas mis fuerzas, pero en ningún momento dejo caer su alma, y él no suelta mi corazón. Al sepáranos miro hacia el estanque. Ya no hay patos. Ahora justo en el medio se ve el reflejo de la luna, rodeada de estrellas, pero es de día. Los dos nos acercamos a la orilla y juntos dejamos lo que tenemos en el agua. Los dos flotan hasta llegar justo al medio, justo en el centro de la luna. De repente se hunden. Los dos esperamos. De repente una explosión nos derriba y caemos al suelo. Yo cierro los ojos con temor de que el agua expulsada por causa de esa explosión, me caiga encima de golpe y me haga daño. Él lo sabe y por eso me protege con su cuerpo. Esperamos a que el agua llegue, con los ojos cerrados. Esperamos. El agua no llega. Decidimos abrir los ojos.
Lo que empieza a caer del cielo no son gotas de agua, sino pétalos de rosa, pétalos negros y blancos. Nos fijamos y de repente se ha hecho de noche. La luna, antes dormida en el estanque, ahora ilumina la tierra desde lo alto. Él, aliviado se sienta en la orilla. Yo no puedo dejar de mirar el cielo estrellado. Hay algo que me llama la atención. Lo observo. Hay algo que me tiene hipnotizada. Ya lo entiendo. Hay dos estrellas que brillan con más fuerza que ninguna, dos estrellas que están juntas. Bajo la mirada y le observo. La luna le ilumina. No, mejor dicho, el ilumina a la luna. Me mira y me sonríe. Yo no puedo dejar de mirarle y con la mirada le devuelvo el te quiero. Tiene algo especial. Es único.
Y es mío.
Hace mucho tiempo que no escribo aquí, quizás no encontraba las palabras para describir lo que siento, o quizás, solo quizás, no entendía el porqué mis sentimientos se volvían a apoderar de mi cuerpo.
Una vez oí que no hay nada más grande en este mundo que amar, y ser correspondido. Puede que la frase lleve toda la razón del mundo y puede que sea la mentira más grande jamás contada. Puede que yo ahora mismo me sienta como una nueva estrella, que cada día crece y brilla más, y puede que sea como una estrella apunto de morir, desvaneciéndome en la nada y mi luz cada día más tenue, hasta que un día desaparezca. Pero ya no me preocupo por esas cosas. Seré brillante y cegadora o seré sombría y apagada. Me da totalmente lo mismo.
Corro por un camino de flores, flores preciosas vistas desde mi altura, flores punzantes y venenosas que esconden a tipejos con cara de jokers, vistas desde la altura de una hormiga. Pero a mi esos hombrecillos, ese veneno y esas púas no me asustan, porque yo estoy mucho más arriba que todo eso. Esa realidad a mi no me afecta, ya no. He crecido hasta el punto de mirar por encima del hombro a las nubes. Las montañas se reverencian a mi paso porque soy dueña del mundo, dueña de mi propio mundo. Y yo sigo corriendo, corro hacia ningún lugar, con la finalidad de nada en particular, con la esperanza que me dan sus ojos, y con las fuerzas que me da sentirlo cerca.
Llego a un estanque. Los patos revolotean en circulo, buscando algo que no encuentran, o simplemente no existe. Miro más allá del estanque, donde el agua se acaba y los patos mueren. Hay una luz que brilla, que deslumbra al mismísimo sol. Quiero averiguar qué es y comienzo a caminar, rodeando la expansión de agua que tengo en frente de mí. Me fijo en el suelo. Hay un caminito de ladrillos amarillos, como en El Mago de Oz. Me siento Doroci, quizás conozca por el camino a un hombre de hojalata, o a un hombre espantapájaros, o quizás golpeando mis zapatos rojos llegue antes a eso que me ha llamado tanto la atención. Sigo caminando. Cada vez me acerco más y cada vez los ojos me duelen más por culpa de la luz que desprende el objeto que queda tendido en el suelo. Estoy a punto de llegar, pero casi no puedo ver nada. Por fin llego, me agacho, lo observo, me doy cuenta de lo que es, sonrió, lloro de alegría, por fin es mío, la luz que antes me cegaba ahora penetra en mi y al mismo tiempo me hace suya, me siento mejor que nunca, me siento completa, me siento completamente feliz, tengo un orgasmo de placer al saber que por fin tengo algo tan sagrado como es lo que ahora mismo tengo entre mis manos, siento el éxtasis de saber lo que es disfrutar de la vida, doy un grito de desahogo, creo que lo han oído en Hong Kong, un escalofrío me recorre el cuerpo. Cojo lo que tengo entre las manos y siento su olor. Ese perfume recorre todo mi cuerpo, pero parece que no sea su olor lo que lo recorra, sino su lengua. Ahora el grito de placer es mayor y el eco resuena en mis oídos.
Algo se mueve entre las plantas. Me quedo callada a la espera de que aquello que se esconde se de a conocer. Ahora sí que sonrío. Veo sus ojos en lo alto que entran en mi y que me hacen vulnerable, veo sus manos que rápido buscan mi cintura y que poco a poco van colocándose muy al sur de mis caderas, veo su cuello que parece que pida a gritos un poco de protagonismo, veo sus labios que sin moverse me susurran un te quiero, veo su nariz, que hace ese movimiento tan particular y simpático que solo él sabe hacer, y que a mi siempre me hace reír, incluso cuando el alma me llora. Pero algo le falta, y yo me doy cuenta de lo que es, le falta lo que yo tengo en las manos, algo que no se puede describir lo que es realmente con palabras, pero que la humanidad se ha inventado una para poder hacerla real, tengo su alma. Se la quiero devolver, pero él con un simple gesto lo rechaza, quiere que me la quede yo. En ese momento, cae al suelo algo mío, pero no sé lo que es. El sí lo sabe, lo recoge. En el momento en el que él roza el objeto que ha caído, por el cuerpo siento cientos de sensaciones, de sentimientos, parecen como si tuviera a miles de mariposas volando en mi corazón, pero ya no tengo corazón, lo tiene él en sus manos. Las lágrimas comienzan a brotar de mis ojos y la sonrisa más bonitas de todas las sonrisas, asoma por mis labios. Le abrazo con todas mis fuerzas, pero en ningún momento dejo caer su alma, y él no suelta mi corazón. Al sepáranos miro hacia el estanque. Ya no hay patos. Ahora justo en el medio se ve el reflejo de la luna, rodeada de estrellas, pero es de día. Los dos nos acercamos a la orilla y juntos dejamos lo que tenemos en el agua. Los dos flotan hasta llegar justo al medio, justo en el centro de la luna. De repente se hunden. Los dos esperamos. De repente una explosión nos derriba y caemos al suelo. Yo cierro los ojos con temor de que el agua expulsada por causa de esa explosión, me caiga encima de golpe y me haga daño. Él lo sabe y por eso me protege con su cuerpo. Esperamos a que el agua llegue, con los ojos cerrados. Esperamos. El agua no llega. Decidimos abrir los ojos.
Lo que empieza a caer del cielo no son gotas de agua, sino pétalos de rosa, pétalos negros y blancos. Nos fijamos y de repente se ha hecho de noche. La luna, antes dormida en el estanque, ahora ilumina la tierra desde lo alto. Él, aliviado se sienta en la orilla. Yo no puedo dejar de mirar el cielo estrellado. Hay algo que me llama la atención. Lo observo. Hay algo que me tiene hipnotizada. Ya lo entiendo. Hay dos estrellas que brillan con más fuerza que ninguna, dos estrellas que están juntas. Bajo la mirada y le observo. La luna le ilumina. No, mejor dicho, el ilumina a la luna. Me mira y me sonríe. Yo no puedo dejar de mirarle y con la mirada le devuelvo el te quiero. Tiene algo especial. Es único.
Y es mío.
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